Ella, en un momento dado, también trabaja en un centro de Bachillerato. Ella habla con sus alumnos, cree (como yo) que les ayuda, que puede servirles de algo. Ella lucha contra el Mal en su forma más profunda. Yo lucho, cada vez menos, contra una de sus formas, y les repito a los chicos, constantemente, que pueden hacer posible otro mundo donde los niños van a la escuela y no fabrican sus zapatillas.
Ella sale a la calle y recorre unas cuantas tiendas del centro. Yo también, aunque ya no puedo comprar ropa, como ella; y compro La baraja trece tras un flechazo en la estantería de los indies; y me hago (¡por fin!) con un ejemplar de Las olas pospuesto durante años.
Ella tiene un móvil. Yo también. Y ninguna recibimos muchas llamadas.
Y al final del trabajo, ella desciende a la Boca del Infierno llena de fuerza. Y, aunque no se da cuenta, nunca está completamente sola. Alguien cuida de La Cazadora (bastante chapuceramente) en las sombras.
Yo termino mi trabajo y desciendo también, en la estación de Gran Vía, hacia casa. A la Boca del Infierno.
Los viernes son los peores días.
¿Qué coño me importará a mí Europa?
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... Dijeron al unísono millones de voces en las últimas elecciones. Unas
elecciones en las que se votaba en igualdad de condiciones a cualquier
partido, si...
Hace 1 día
















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