Algunos de los guionistas con blog (¿blognistas?) a quienes más respeto se hacen eco de este artículo de Antonio Muñoz Molina en EL PAÍS:
España es un país de modas, y una de las modas que tocan ahora es la de poner en ridículo al cine español por su baja calidad y por la huida de sus espectadores y fingir escándalo ante las subvenciones que recibe.
Hacía falta un artículo así, que expusiera la necesidad del compromiso público con la industria cultural. Aunque creo que también hacen falta otros, más pequeños, más constantes, que desmonten las falacias que sufrimos a diario: porque no es cierto que el cine español pierda espectadores, de hecho los ha ido ganando en los últimos dos años, por ejemplo.
Ayer presenté en pitching el guión en el que he estado trabajando, bajo tutela, durante el Master. Una comedia que usa esas falacias, y esos tópicos, y que según mi tutor tiene posibilidades. Salí contenta, con consejos certeros, opciones reales, y alguna felicitación. Pero recuerdo la expresión dolida de un miembro de la mesa:
- ¿Vas a contar una historia sobre el cine español... y tienes que hablar de corrupción?
Expliqué, obviamente, que la corrupción no era patrimonio de un solo personaje, y que no es ni de coña lo único que se cuenta. Creo que al final la convencí.
Y desde ayer, tenía la respuesta: ¿por qué no hablar de corrupción? ¿Es que no se puede hacer aquí Cautivos del mal o The player?
Pero ahora dudo solemnemente de las posibilidades de esta película. Dudo que nadie quiera leer un guión cuyo prota se retrate como ese tópico falaz, da lo mismo cuál sea su viaje, qué haga después con el tópico o quién vea una historia ahí.
Y lo que es peor: después de leer el artículo de Muñoz Molina, quizá mi película no sea necesaria. Quizá el público necesite épica, no picaresca. Y de momento, esa épica no está en mi peli.
Cagüen.























